Los árboles son santuarios

por Hermann Hesse

arbol

Roble centenario en Villasur de Herreros

Nada es más sagrado, nada es más ejemplar que un árbol hermoso y fuerte. Cuando un árbol se corta y se revela su desnuda herida mortal al sol, se puede leer toda su historia en el disco luminoso, inscrito, que es su tronco: en los anillos de sus años, sus cicatrices, toda la lucha, todo el sufrimiento, toda la enfermedad, toda la felicidad y la prosperidad están realmente escritos; los años estrechos y los años lujosos, los ataques resistidos, las tormentas soportadas. Y los jóvenes granjeros saben que la madera más dura y más noble tiene los anillos más estrechos, y que en lo alto de las montañas y en continuo peligro es donde crecen los árboles más indestructibles y más fuertes.

Los árboles son santuarios. Quien sabe hablar con ellos, quien sabe escucharles, aprende la verdad. No predican doctrinas y recetas, predican, indiferentes al detalle, la ley primitiva de la vida.

Un árbol dice: en mí se oculta un núcleo, una chispa, un pensamiento, soy vida de la vida eterna. Es única la tentativa y la creación que ha osado en mí la Madre eterna, única es mi forma y únicas las vetas de mi piel, único el juego más insignificante de las hojas de mi copa y la más pequeña cicatriz de mi corteza. Mi misión es dar forma y presentar lo eterno en mis marcas singulares.

Un árbol dice: mi fuerza es la confianza. No sé nada de mis padres, no sé nada de los miles de retoños que todos los años provienen de mí. Vivo, hasta el fin, el secreto de mi semilla, no tengo otra preocupación. Confío en que Dios está en mí. Confío en que mi tarea es sagrada. Y vivo en esa confianza.

Cuando estamos tristes y apenas podemos soportar la vida, un árbol puede hablarnos así: ¡Estate quiet@! ¡Estate quiet@!¡Mírame! La vida no es fácil, la vida no es difícil. Estos son pensamientos infantiles. Deja que Dios hable dentro de ti y enseguida enmudecerán. Estás triste porque tu camino te aparta de tu madre y de tu hogar. Pero cada paso y cada día te acercan más a la madre. El hogar no está aquí ni allí. El hogar o está en tu interior, o en ninguna parte.

Un anhelo de vagar sin rumbo rasga mi corazón cuando oigo a los árboles susurrando en el viento al atardecer. Si uno los escucha en silencio durante mucho tiempo, este anhelo revela su núcleo, su significado. No es tanto una cuestión de escapar del sufrimiento de un@ mism@, aunque puede parecer eso. Es la añoranza del hogar, del recuerdo de la madre, de las nuevas metáforas de la vida. Te llevan a casa. Todos los caminos llevan de regreso a casa, cada paso es el nacimiento, cada paso es la muerte, cada tumba es la madre.

Esto susurra el árbol al atardecer, cuando tenemos miedo de nuestros propios pensamientos infantiles. Los árboles tienen pensamientos dilatados, prolijos y serenos, así como una vida más larga que la nuestra. Son más sabios que nosotros, mientras no les escuchamos. Pero cuando aprendemos a escuchar a los árboles, la brevedad, la rapidez y apresuramiento infantil de nuestros pensamientos adquieren una alegría sin precedentes. Quien ha aprendido a escuchar a los árboles, ya no desea ser un árbol. No desea ser más que lo que es. Esto es el hogar. Esto es la felicidad.

Preguntas semilla para la reflexión: ¿Cómo te relaccionas con la noción del autor de que los árboles son más sabios que nosostros mientras no les escuchamos? ¿Puedes compartir una historia personal de alguna vez en la que sentiste la sacralidad de un árbol? ¿Qué te ha ayudado a escuchar a los árboles?

por Hermann Hesse, Árboles. Reflexiones y Poemas

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